Por mis venas corre sangre española.
Soy mezcla de norte y sur. Soy descendiente de inmigrantes que fortuitamente
encallaron en Buenos Aires huyendo del hambre.
Reconozco que son lejanos los recuerdos que tengo de mi abuelo. Por cuestiones generacionales, podría decirse que no terminé de conocerlo. Pero vamos, no es tarea fácil para un chico de 8 años relacionarse con ancianos. Él murió cuando yo era un niño. Fue parte del intercambio migratorio entre España y Argentina. Sus padres habían decidido abandonar tierras murcianas entre el dolor y la angustia pero con la esperanza de una vida mejor. Con su pasaporte extendido en la Región de Murcia, partió desde el puerto de Almería a bordo del vapor Valdivia. Desembarcó en Buenos Aires en 1928, cuando apenas era un crio, junto a su familia. Venían a buscarse la vida. Aquí creció, pudo educarse con mucho esfuerzo y trabajar dignamente. Se casó con una mujer descendiente de asturianos y tuvo 3 hijos; uno de ellos es mi padre.
Reconozco que son lejanos los recuerdos que tengo de mi abuelo. Por cuestiones generacionales, podría decirse que no terminé de conocerlo. Pero vamos, no es tarea fácil para un chico de 8 años relacionarse con ancianos. Él murió cuando yo era un niño. Fue parte del intercambio migratorio entre España y Argentina. Sus padres habían decidido abandonar tierras murcianas entre el dolor y la angustia pero con la esperanza de una vida mejor. Con su pasaporte extendido en la Región de Murcia, partió desde el puerto de Almería a bordo del vapor Valdivia. Desembarcó en Buenos Aires en 1928, cuando apenas era un crio, junto a su familia. Venían a buscarse la vida. Aquí creció, pudo educarse con mucho esfuerzo y trabajar dignamente. Se casó con una mujer descendiente de asturianos y tuvo 3 hijos; uno de ellos es mi padre.
Para no olvidar la tierra que lo vio nacer, disfrutaba
películas españolas o frecuentaba centros regionales en compañía de hermanos y
amigos. Su discurso no era el eco de su alma. Buscaba transmitir entereza,
aunque sus ojos reflejaban la tristeza inspirada por la lejanía de su
tierra.
Nunca me habló de la Huerta ni de las playas. No lo oí conversar
sobre la Diputación de Tercia, su pueblo natal. Tampoco me contó cómo eran las
fiestas patronales o sobre las características arquitectónicas de la Colegiata
de San Patricio, iglesia donde fue bautizado. Apenas lo escuché murmurar
tímidamente algunas palabras que terminaban en “ico”, ese lenguaje con matices
aragoneses, típico de la región, heredado de mozárabes. Panocho.
Como vieron, no tuve la suerte de crecer entre costumbres,
al menos de esas que
marcan el vivir diario intentando no hacer olvidar el origen de la familia. Sin
embargo, confieso que durante estos últimos años he tratado de buscar fuertes
cimientos que me permitieran pensar mi identidad murciana.
Esta reflexión la hago a propósito de la forma de
construcción. ¿Alcanza con los patrones genéticos? ¿Se edifica sobre la
participación? En definitiva, ¿cómo conformamos, nosotros, los jóvenes en
Argentina, la identidad como descendientes de murcianos?
Fruto de ese acompañamiento sesgado y de la personalidad
inquieta que me sigue desde que nací, me sumergí en lecturas que llenaron mi vacio
cultural. Así fui conociendo mis raíces, detalles de genealogía aportados por García Carrafa en su Diccionario; la apasionante presencia
interreligiosa expresada en
mezquitas, juderías e iglesias; intimidades de la gastronomía y las fiestas típicas como la
del Bando o la lorquina de San Clemente, moros y cristianos.
Confieso que fue mucho el tiempo de estudio autodidacta, tanto como la
satisfacción que me producía cada lectura. En este largo camino, intercambié
experiencias con personas que iba conociendo. Estos diálogos fraternos fueron un
extraordinario complemento.
Así como en Córdoba y Rosario la presencia de la Región
continúa vigente, en Buenos Aires –ciudad donde resido- la cultura murciana ha
quedado extinta. No se registran centros regionales ni espacios de
participación juvenil, a diferencia de otras autonomías representadas por entidades
que participan sistemáticamente. Tampoco figuran personas interesadas en mantener
vivas las tradiciones murcianas. Quizás por eso, creo que pertenezco, como dice
Pedro Guerra en una de sus canciones, al cuento de los que nunca se
descubrieron. O al menos, me descubrí de forma incompleta.
En una ciudad cosmopolita como Buenos Aires, establecer uniones
profundas entre “lo murciano” y “lo argentino” parece imposible (inclusive en el
corazón de cada descendiente). Muy a mi pesar. Sin embargo, me sorprendió
encontrar en distintos artículos y libros consultados que la relación entre
ambas tierras y sus personajes es más importante de lo que imaginaba.
Desde siempre nuestra tierra
recibió murcianos. Los primeros, posiblemente, hayan sido los expedicionarios
que acompañaron a don Pedro de Mendoza. Más de una decena de murcianos zarparon
en 1535 buscando tierras nuevas. Uno de estos murcianos, Francisco de Villata,
se destacaría en la exploración del Rio de la Plata por su importante papel en
la fundación de Buenos Aires (1536). Durante estas épocas de viajes y
navegaciones, otro murciano tendría un papel relevante. Se trató de Juan de
Chinchillas, hombre que participó en el descubrimiento de las Malvinas.
Hoy es diferente. En un mundo globalizado,
el tránsito de murcianos hacia Argentina tiene múltiples justificaciones:
vacaciones, razones académicas o laborales, amor o vaya a saber uno la razón.
Entre aquellos primeros
expedicionarios que pisaron suelo
argentino y los contemporáneos, existieron grandes corrientes inmigratorias murcianas.
Durante el siglo XIX y principios del XX, empujados por difíciles situaciones
económicas, miles de murcianos llegaron buscando mejores condiciones de vida. Eran,
generalmente, braseros, pastores, leñadores, sirvientes y operarios en oficios
urbanos. Otro ciclo migratorio fue el que acompañó y siguió a la guerra civil
del 1936-1939. Partían desde los puertos de Alicante y Cartagena no solamente
hacia Argentina aunque siempre motivados por razones de carácter político.
Pero que un hombre del sudeste español,
que un poeta sin otra virtud que su inteligencia, se interne en territorios
americanos, hostiles y bárbaros, y llegue a ser reconocido por destacados periódicos
y hombres de la cultura como jamás lo había sido un murciano, resulta de
antemano significativo. A quienes piensen así, quisiera que conozcan a Vicente
Medina, de quien casi no perdura recuerdo.
Llegó a Argentina en 1908, no de manera
forzosa como la mayoría de sus compatriotas. Su espíritu rebelde buscaba un
cambio; necesitaba libertad. ``Me voy a América. Siento ansias de renovación´´,
escribió en una de sus cartas. Era para él un nuevo mundo, un continente de
promisión. Tras un periodo en Buenos Aires, decidió radicarse en Rosario (Provincia
de Santa Fe). Estimo que íntimamente descubrió una extraordinaria semejanza entre
esta ciudad santafecina y las mesetas del huerto murciano. Cuentan quienes lo
conocieron que fue empleado de comercio pero que nunca descuido su labor
literaria.
Aires murcianos, su obra
más renombrada, transparenta su dolor en poesía breve y sencilla. Vuelca en
papel sentimientos de tristeza pero a la vez un profundo amor a la vida,
inspirado en su terruño.
Tal vez sea el murciano más ilustre que
habitó nuestro suelo. Llevó al mundo de las letras el vocabulario propio de una
región, dejando un legado sin comparación. Recomiendo su lectura, especialmente
la última serie llamada `` ¡Allá lejicos!´´.
Debo decir que lo primero que me
provocan sus poesías es ternura por la nostalgia con la que Medina trata el
tema de la emigración. Él me transmitió con dulzura los desengaños sufridos por
el hombre que abandona su tierra.
Pero también debo decir que por medio
de sus versos cargados de melancolía conocí el paisaje de la Huerta, los
aromas, las palmeras y los naranjos murcianos, los personajes y las historias
de sefaraditas y musulmanes.
Vicente Medina funciona como punto de
conexión entre Rosario, Buenos Aires y Murcia, pueblos queridos. En cierto
sentido, también ocupa el lugar de mi abuelo, aquel hombre tierno y melancólico
que guardaba recelosamente los secretos de su Murcia.
No es únicamente nuestra biología la
que nos da identidad. Muy sencillo sería ampararnos en nuestros antepasados.
Por el contrario, creo que se trata de una construcción. Pero más aún, puede entenderse
como un proceso diario que promueve el compromiso. Invito a que nos descubramos como
descendientes de murcianos. Seguramente esta tarea alimentará el interés por
nuestras raíces y exaltará nuestras convicciones. Y allí veremos que no es
posible dejar de ser lo que somos.

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