Alegrías de la Huerta ~

Es un grupo folclórico murciano nacido por el año 2003 en la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe (Argentina) que difunde la cultura de la Región de Murcia, con gran respeto y amor por el pueblo huertano español.

Dentro de sus fundadores se encuentran la Profesotra Natalia Rojas Vernetto, Sebastián Caliotti, y Vera Rondó, quienes aún hoy lo conforman, entre los cientos de personas que han pasado parte de sus vidas dedicadas a aprender y representar a Murcia a lo largo de tantos años...

Lo murciano: conciencia e identidad. Por Agustín Gallego, Bs. As. Argentina



Por mis venas corre sangre española. Soy mezcla de norte y sur. Soy descendiente de inmigrantes que fortuitamente encallaron en Buenos Aires huyendo del hambre.

Reconozco que son lejanos los recuerdos que tengo de mi abuelo. Por cuestiones generacionales, podría decirse que no terminé de conocerlo. Pero vamos, no es tarea fácil para un chico de 8 años relacionarse con ancianos. Él murió cuando yo era un niño. Fue parte del intercambio migratorio entre España y Argentina. Sus padres habían decidido abandonar tierras murcianas entre el dolor y la angustia pero con la esperanza de una vida mejor. Con su pasaporte extendido en la Región de Murcia, partió desde el puerto de Almería a bordo del vapor Valdivia. Desembarcó en Buenos Aires en 1928, cuando apenas era un crio, junto a su familia. Venían a buscarse la vida. Aquí creció, pudo educarse con mucho esfuerzo y trabajar dignamente. Se casó con una mujer descendiente de asturianos y tuvo 3 hijos; uno de ellos es mi padre.
Para no olvidar la tierra que lo vio nacer, disfrutaba películas españolas o frecuentaba centros regionales en compañía de hermanos y amigos. Su discurso no era el eco de su alma. Buscaba transmitir entereza, aunque sus ojos reflejaban la tristeza inspirada por la lejanía de su tierra.   
Nunca me habló de la Huerta ni de las playas. No lo oí conversar sobre la Diputación de Tercia, su pueblo natal. Tampoco me contó cómo eran las fiestas patronales o sobre las características arquitectónicas de la Colegiata de San Patricio, iglesia donde fue bautizado. Apenas lo escuché murmurar tímidamente algunas palabras que terminaban en “ico”, ese lenguaje con matices aragoneses, típico de la región, heredado de mozárabes. Panocho.
Como vieron, no tuve la suerte de crecer entre costumbres, al menos de esas que marcan el vivir diario intentando no hacer olvidar el origen de la familia. Sin embargo, confieso que durante estos últimos años he tratado de buscar fuertes cimientos que me permitieran pensar mi identidad murciana.
Esta reflexión la hago a propósito de la forma de construcción. ¿Alcanza con los patrones genéticos? ¿Se edifica sobre la participación? En definitiva, ¿cómo conformamos, nosotros, los jóvenes en Argentina, la identidad como descendientes de murcianos?
Fruto de ese acompañamiento sesgado y de la personalidad inquieta que me sigue desde que nací, me sumergí en lecturas que llenaron mi vacio cultural. Así fui conociendo mis raíces, detalles de  genealogía aportados por García Carrafa en su Diccionario; la apasionante presencia interreligiosa expresada en mezquitas, juderías e iglesias; intimidades de la gastronomía y las fiestas típicas como la del Bando o la lorquina de San Clemente, moros y cristianos. Confieso que fue mucho el tiempo de estudio autodidacta, tanto como la satisfacción que me producía cada lectura. En este largo camino, intercambié experiencias con personas que iba conociendo. Estos diálogos fraternos fueron un extraordinario complemento.  
Así como en Córdoba y Rosario la presencia de la Región continúa vigente, en Buenos Aires –ciudad donde resido- la cultura murciana ha quedado extinta. No se registran centros regionales ni espacios de participación juvenil, a diferencia de otras autonomías representadas por entidades que participan sistemáticamente. Tampoco figuran personas interesadas en mantener vivas las tradiciones murcianas. Quizás por eso, creo que pertenezco, como dice Pedro Guerra en una de sus canciones, al cuento de los que nunca se descubrieron. O al menos, me descubrí de forma incompleta.
En una ciudad cosmopolita como Buenos Aires, establecer uniones profundas entre “lo murciano” y “lo argentino” parece imposible (inclusive en el corazón de cada descendiente). Muy a mi pesar. Sin embargo, me sorprendió encontrar en distintos artículos y libros consultados que la relación entre ambas tierras y sus personajes es más importante de lo que imaginaba. 
Desde siempre nuestra tierra recibió murcianos. Los primeros, posiblemente, hayan sido los expedicionarios que acompañaron a don Pedro de Mendoza. Más de una decena de murcianos zarparon en 1535 buscando tierras nuevas. Uno de estos murcianos, Francisco de Villata, se destacaría en la exploración del Rio de la Plata por su importante papel en la fundación de Buenos Aires (1536). Durante estas épocas de viajes y navegaciones, otro murciano tendría un papel relevante. Se trató de Juan de Chinchillas, hombre que participó en el descubrimiento de las Malvinas.
Hoy es diferente. En un mundo globalizado, el tránsito de murcianos hacia Argentina tiene múltiples justificaciones: vacaciones, razones académicas o laborales, amor o vaya a saber uno la razón.
Entre aquellos primeros expedicionarios que  pisaron suelo argentino y los contemporáneos, existieron grandes corrientes inmigratorias murcianas. Durante el siglo XIX y principios del XX, empujados por difíciles situaciones económicas, miles de murcianos llegaron buscando mejores condiciones de vida. Eran, generalmente, braseros, pastores, leñadores, sirvientes y operarios en oficios urbanos. Otro ciclo migratorio fue el que acompañó y siguió a la guerra civil del 1936-1939. Partían desde los puertos de Alicante y Cartagena no solamente hacia Argentina aunque siempre motivados por razones de carácter político.
Pero que un hombre del sudeste español, que un poeta sin otra virtud que su inteligencia, se interne en territorios americanos, hostiles y bárbaros, y llegue a ser reconocido por destacados periódicos y hombres de la cultura como jamás lo había sido un murciano, resulta de antemano significativo. A quienes piensen así, quisiera que conozcan a Vicente Medina, de quien casi no perdura recuerdo.
Llegó a Argentina en 1908, no de manera forzosa como la mayoría de sus compatriotas. Su espíritu rebelde buscaba un cambio; necesitaba libertad. ``Me voy a América. Siento ansias de renovación´´, escribió en una de sus cartas. Era para él un nuevo mundo, un continente de promisión. Tras un periodo en Buenos Aires, decidió radicarse en Rosario (Provincia de Santa Fe). Estimo que íntimamente descubrió una extraordinaria semejanza entre esta ciudad santafecina y las mesetas del huerto murciano. Cuentan quienes lo conocieron que fue empleado de comercio pero que nunca descuido su labor literaria.
Aires murcianos, su obra más renombrada, transparenta su dolor en poesía breve y sencilla. Vuelca en papel sentimientos de tristeza pero a la vez un profundo amor a la vida, inspirado en su terruño.
Tal vez sea el murciano más ilustre que habitó nuestro suelo. Llevó al mundo de las letras el vocabulario propio de una región, dejando un legado sin comparación. Recomiendo su lectura, especialmente la última serie llamada `` ¡Allá lejicos!´´.
Debo decir que lo primero que me provocan sus poesías es ternura por la nostalgia con la que Medina trata el tema de la emigración. Él me transmitió con dulzura los desengaños sufridos por el hombre que abandona su tierra.
Pero también debo decir que por medio de sus versos cargados de melancolía conocí el paisaje de la Huerta, los aromas, las palmeras y los naranjos murcianos, los personajes y las historias de sefaraditas y musulmanes.
Vicente Medina funciona como punto de conexión entre Rosario, Buenos Aires y Murcia, pueblos queridos. En cierto sentido, también ocupa el lugar de mi abuelo, aquel hombre tierno y melancólico que guardaba recelosamente los secretos de su Murcia.
No es únicamente nuestra biología la que nos da identidad. Muy sencillo sería ampararnos en nuestros antepasados. Por el contrario, creo que se trata de una construcción. Pero más aún, puede entenderse como un proceso diario que promueve el  compromiso. Invito a que nos descubramos como descendientes de murcianos. Seguramente esta tarea alimentará el interés por nuestras raíces y exaltará nuestras convicciones. Y allí veremos que no es posible dejar de ser lo que somos.


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